Historia de un beso

Cerca del Ayuntamiento de París se tomó la que seguramente es una de las imágenes más icónicas del siglo XX. Se llama Le baiser de l'hôtel de ville (El beso del ayuntamiento), y realmente su historia tiene miga. La leyenda urbana cuenta que la pareja protagonista no era consciente de estar siendo fotografiada; que en realidad no eran pareja-pareja, sino amantes; que la popularidad de la instantánea provocó un gran problema a la chica cuando su pareja oficial la vio; y que posteriormente demandaría al fotógrafo, Robert Doisneau. Bien, pues nada de eso es cierto. De hecho, el propio Doisneau demostró muy buen ojo en 1992, cuando declaró esto en una entrevista: "Jamás me habría atrevido a fotografiar a nadie así, en la calle y sin avisar. ¿Una pareja besándose así en público? Raramente tienen una relación legítima..." La historia real empezó en 1950, cuando Doisneau estaba sentado en la terraza de un café buscando la inspiración para cumplir con lo que acababa de pedirle la revista Life: un reportaje sobre los amoureux de París, sobre los enamorados en la ciudad de los enamorados por antonomasia. Doisneau vio a una pareja pasar y les abordó. Resultaron ser dos estudiantes de arte dramático: Françoise Bornet y Jacques Carteaud. Les preguntó si estarían dispuestos a posar y de ahí salió la famosa fotografía. ¿Verdad que pierde magia cuando uno sabe que no es una imagen espontánea? Por otro lado, la gana porque la pareja nos hace creer que son ajenos a la cámara...

Con ésta y un puñado más de fotos, Doisneau publicó su trabajo y la primera parte de la historia acabó. Le baiser de l'hôtel de ville se quedó durante más de tres décadas en un cajón, de ahí que si Bornet hubiera tenido otro novio o marido, como afirmaba la leyenda urbana, para éste hubiera sido difícil ver la imagen. No fue hasta mediados de los ochenta cuando alguien tuvo la feliz idea de convertir la fotografía en póster, transformándola en un superventas del mundillo. Si lo normal es que una buena foto llegue a vender alrededor de 15.000 copias, ésta ya había sobrepasado el medio millón a principios de los 90.

Y con la fama llegó la segunda parte de la historia. Una pareja reclama ser la protagonista de la imagen, motivados por los derechos de imagen que podían obtener. Estamos hablando de sexagenarios (como mínimo) con suficiente energía en el cuerpo como para embarcarse en proceso legal. A rebufo de ellos apareció también la verdadera besada (o besante), ahora ya sí casada y con el nombre de Françoise Delbart; lo hizo con la fotografía original bajo el brazo, una de las copias que Doisneau le había entregado en el año 50. ¿Asunto zanjado? No: a la señora Delbart le pareció buena idea lo de sacar tajada por los derechos de su imagen, así que reclamó 100.000 francos y un porcentaje del uso comercial de Le baiser de l'hôtel de ville. Doisneau reconoció abiertamente en el juicio que ella era la chica de la foto, pero el jurado descartó cualquier indemnización porque realmente apenas se le veía la cara en la foto, con lo que no se estaba comercializando directamente con su imagen. Mientras, el otro 50% del beso, Jacques Carteaud, se horrorizaba al ver cómo "una historia fotográfica" se transformaba en "una historia de dinero".

En defensa de Françoise Delbart, que se forjó una modesta carrera de actriz, quizá haya que decir que quería el dinero para fundar una productora de documentales que promoviera el trabajo de su marido y de jóvenes realizadores. Lo logró: en el año 2005 decidió subastar la foto, por la cual un ciudadano suizo pagó ni más ni menos que 155.000 euros. Una pequeña fortuna por un trozo de plástico, sí, pero también por toda la historia que tiene detrás. Que también lo vale. Para los que se niegan a ver un posado, para aquellos que prefieren pensar que hay algo de cierto en ese beso, madame Delbart tiene unas palabras:

No fue un posado. Si lo hubiera sido, Doisneau nos habría dado algunas directrices, que él me cogiera con el brazo, que yo me echara un poco hacia atrás... En lugar de eso nos dijo que hiciésemos lo que quisiésemos, que ya que nos queríamos... ¡que nos besáramos! Por eso captó la esencia del beso

Uno mira la foto y no puede dejar en cierta manera de suspirar y de entender que sí, que se merece un sitio en alguna parte, aunque quizá no por 155.000 euros. La posición casi voyeur de Doisneau, la fantasmagórica figura del ayuntamiento, el pelo despeinado de él, la dispersa silueta de París al fondo, la forma en que ella desmaya el cuerpo y la mano que pende, la silla vacía, el obsoleto romanticismo del cigarro entre los dedos, el gris inmenso, la gente pasando como si el mundo no se estuviera parando... besar en París.

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