Islandia: 74 años sin cerveza

Hasta no hace tanto, Reykjavík era una ciudad sin perros y sin cerveza. Sí, era agradablemente imposible pisar una cagada de san bernardo de camino al trabajo, pero también lo era echar unas cañas al salir. Lo de los perros se mantuvo casi hasta anteayer; la pesadilla de un país sin cerveza terminó un día como hoy de hace 24 años. Y es por eso que el 1 de marzo Islandia celebra su Beer Day, para conmemorar una fecha que puso fin a 74 años de prohibición autoimpuesta y en la que España jugó un curioso papel...

1908. Si Islandia es ahora algo relativamente remoto, a principios del siglo XX debía de ser algo así como la Luna. Una luna propiedad de Dinamarca, que aunque empieza a ceder autonomía a la isla, todavía la controla a través del Ministro de Asuntos Islandeses (?). Con el limitado autogobierno del que disponen, a los islandeses solamente se les ocurre la brillante idea de prohibir el alcohol, en todas sus formas, a partir del uno de enero de 1915. No sé si me parece más curiosa la decisión de ilegalizar el alcohol o el hecho de que la norma tarde casi siete años en implantarse... pero el caso es que a partir de esa fecha, ley seca. Ni cerveza, ni alcoholes fuertes, ni vino. Lo de tocar el vino molestó a España, que ingresaba lo suyo exportando el zumo de uva a Islandia. Molestó tanto que recurrieron al chantaje: si los nórdicos no compraban vino, España dejaría de importar pescado. Y ahí pegaron donde duele, porque buena parte de la economía islandesa se basaba (y se basa) en la pesca.

Así que en 1921 se levantó el veto del vino, a lo que seguiría una nueva suavización catorce años después, en 1935: en esta ocasión se abría la veda para todo tipo de licores fuertes. Lo único que quedaba entonces al margen de la ley era la cerveza de graduación superior al 2.25 %, ya que los lobbies anti-alcohol consiguieron mantenerla fuera de la aprobación alegando que su bajo precio respecto a los licores más potentes favorecería el consumo masivo. Con el paso del tiempo y la popularización del turismo, la llamada de la cerveza empezó a ser muy fuerte y los islandeses empezaron a reclamar la legalidad para la bebida proscrita, al tiempo que inventaban formas de sortear la ley. La más sencilla, aprovechar cualquier viaje para pasarse por la zona de duty free del aeropuerto de Keflavík, donde sí se podía adquirir cerveza. La más desesperada, la que inauguró el dueño del Gaukur á Stöng, el pub más antiguo de Reykjavík. Fundado, por cierto, en 1983, que nadie vaya a pensar que estamos hablando de un local centenario... La idea consistía en mezclar la cerveza blanda (recordemos, menos de 2.25 grados), pero legal, con licores fuertes, como el Brennivín, la bebida nacional del país, o el vodka. El mejunje resultante, sin embargo, también cayó en la ilegalidad en 1985, a instancias del por entonces ministro de Justicia, un convencido abstemio.

La sensación de que la cosa se estaba parcheando demasiado llevó al Parlamento a plantearse la legalización, allá por mediados de 1988. El encendido debate fue televisado (con éxito de audiencia, por cierto) y el semáforo verde ganó por 13 votos a 8. Sí, parece que no hay demasiados diputados en la cámara islandesa. El 1 de marzo de 1989, a unos diez grados bajo cero, hordas de nórdicos celebraron el advenimiento de la cerveza en un clima civilizado. Una noche para recordar, en palabras de Kormákur Geirharðsson, dueño del bar Ölstofan: "Recuerdo que se bebió mucho y se meo mucho durante aquella noche y los siguientes días, fue un no parar. Fue el día en que los islandeses dieron el paso de intentar ser civilizados. Mi bar no existía entonces, y la idea de abrir uno nació allí". Hoy en día es imperdonable visitar Islandia y no probar una Viking o una Thule: no son ninguna maravilla, pero están hechas con agua islandesa, una de las más puras del mundo.

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Por cierto: ya hay perros en Reykjavík (como el de la foto), y son tan legales como caros. Tener uno implica sacarse una licencia que cuesta aproximadamente 200 euros al año.

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