Qué bien ONO

Una pizca de historia. Hace más de 15 años que soy usuario doméstico de internet, y por lo tanto que tengo un proveedor de servicio. Nunca en este tiempo había alcanzado el nivel de desconcierto e impotencia que llevo acumulando durante los últimos 20 días, concretamente desde que estoy intentando volver a pagarle mis facturas a ONO. Porque sí, aquí empieza lo incomprensible: yo quiero ser cliente de ONO y ONO parece que esté oyendo llover. He aquí la modesta crónica de nuestros 20 días de intensa y pasional relación telefónica...

Todo empezó en Madrid. Allí contraté el pack de televisión, fibra y fijo a finales de 2014, y allí lo disfruté sin ningún problema hasta que a principios de verano me tocó hacer mudanza. Mi experiencia con los proveedores de servicio se resume en la siguiente frase: si algo funciona, mejor no lo toques. Es decir, todo va bien hasta que algo cambia. Por eso cuando alguien me pregunta qué compañía de internet recomiendo, nunca digo una concreta. Me remito a contar que yo tengo tal o cual, y que de momento me va bien. Parafraseando lo que Lope de Vega decía sobre el amor, las compañías de internet tienen fácil la entrada y difícil la salida. Pero bueno, no nos pongamos poéticos que aquí hemos venido a escribir una crónica.

La susodicha mudanza implicaba, naturalmente, tocar algo. El servicio entero, pensé, porque mi idea era darme de baja. Pero ante mi sorpresa, el departamento de bajas de ONO me ofreció una alternativa que sonaba muy bien: suspender temporalmente mi contrato. Así, durante un periodo máximo de tres meses, mi contrato quedaba congelado (es decir, yo perdía el acceso a los servicios, y por tanto no pagaba nada, pero mantenía precio y condiciones) a la espera de poder darle a la compañía un nuevo domicilio donde reestablecer la televisión, el internet y el fijo. Me pareció un