Imagen de Oliver Sacks

Un doctor y un sombrero

La primera vez que me crucé con el libro pensé que pertenecía al género de la ficción: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Me pareció un título tremendamente original, y no se me pasó por la cabeza que pudiera contener la historia real de, no mentía, un hombre que al querer coger su sombrero agarró la cabeza de su mujer. El tipo en cuestión era el doctor P., "un músico distinguido", y yo al saludarlo me tuve que quitar el sombrero, no ante él sino ante otro doctor, un tal Oliver Sacks.

Mientras leía el libro, o quizá después, até cabos: Sacks era aquel médico interpretado por Robin Williams en Despertares, una de las lecciones actorales de Robert de Niro menos conocidas. Williams le daba a Sacks un aire de científico despistado algo trillado, pero con algún matiz que luego descubrí cierto, como su exagerada timidez (oportunamente edulcorada hacia el final de la película, como buen producto hollywoodiense). Por alguna extraña razón, y pese a haber conocido al Sacks de Williams antes que al Sacks real (con su propia voz, en sus propio libros), nunca le puse al doctor la cara del actor mientras leía, sucesivamente, Un antropólogo en Marte, La isla de los ciegos al color, Los ojos de la mente o el susodicho Despertares. Después llegaron los artículos en la prensa americana, desde el asombroso Face-blind al descorazonador My Own Life, traducido por El País como De mi propia vida. Y finalmente, hace unos días, su muerte.

No puedo valorar a Oliver Sacks como divulgador médico, al menos desde el punto de vista científico. Carezco de los conocimientos: él era neurólogo y yo tengo un papel firmado por un rey jubilado que dice que soy de letras. Me sorprenden las voces que desde esa cosa llamada comunidad científica critican su obra, tachándola de "desfile de fenómenos", o a él mismo acusándolo de ser "el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria". En todo caso, una inmensa mayoría de colegas alaba su trabajo y su legado.

Pero sí puedo juzgarlo como escritor, como transmisor de historias. De historias reales. Y Sacks tenía una varita mágica con la que conseguía traducirnos a sus pacientes, gentes con dolencias sumamente extrañas. Sacks no solo era capaz de descifrar algunos de los entresijos de esas enfermedades, sino que nos conectaba con el ser humano que estaba detrás, impotente, incomprensible incluso a sí mismo. La potencia de sus textos reside en la luz, pequeño o grande, que arroja sobre el mecanismo más complejo que conocemos: el cerebro humano.

Él mismo podría haber sido paciente suyo, aquejado como estaba de prosopagnosia:

Para mí, Sacks siempre será el médico que no luchaba contra enfermedades, básicamente porque no podía, pero que intentaba darles un sentido sentado a la vera misma del paciente. Es justo lo que hace en De mi propia vida, y esta vez es muy difícil porque el paciente es él. En uno de sus últimos artículos, en el que traza un paralelismo entre los años vividos y los números atómicos de los elementos de la tabla periódica, dice lo siguiente:

El bismuto es el elemento 83. No creo que llegue a ver mi 83º cumpleaños, pero creo que hay algo esperanzador, algo alentador en tener cerca el 83. Además, siento debilidad por el bismuto, un humilde metal gris, a menudo desdeñado e ignorado, incluso por los amantes de los metales. Mi sensibilidad de médico hacia los maltratados y los marginados se extiende al mundo inorgánico y encuentra un paralelo en mi simpatía por el bismuto. Es casi seguro que no seré testigo de mi cumpleaños de polonio (el número 84), ni tampoco querría tener polonio cerca de mí, con su radiactividad intensa y asesina. Pero en el otro extremo de mi mesa —de mi tabla periódica— tengo un bonito trozo de berilio (elemento 4) elaborado mecánicamente para que me recuerde mi infancia y lo mucho que hace que empezó mi vida próxima a acabar.

Adiós, Sacks. Te llevas mi sombrero.

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