Joaquín Sabina, los trenes (I)

Cada poco tiempo descubro una canción, un grupo, un cantante nuevo que toma al asalto mi cabeza. Los escucho, los machaco, los exprimo, los encumbro... pero siempre, siempre, acabo volviendo a Sabina. Al Joaqui... Ya dije que era, para mí, el mejor narrador vivo en lengua castellana. Sus letras son preciosas y variadas: un mismo disco habla de drogas y vidas soñadas, de fiestas imposibles y de atracos a farmacias. Siempre, eso sí, con el amor como gran tema. Mejor dicho: con las mujeres. Quizá por mejor letrista que músico, a Joaquín le han faltado siempre melodías a la altura de sus versos. Me alegro, en parte, porque eso me ha permitido descubrir calamaros, drexlers y manolos. Aunque, en el fondo, siempre vuelva a Sabina...

Pinceladas de biografía: Joaquín Ramón Martínez Sabina nació en Úbeda, provincia de Jaén, en febrero de 1949. Su padre era policía y poeta en la sombra, su madre ama de casa. Estudiante en Granada, exiliado en Londres gracias a la generosidad de un tal Mariano Zugasti, que le regaló su pasaporte, Sabina es un cantante tardío: no es hasta su vuelta a España y cumplidos los treinta que empieza a darse a conocer. De hecho él nunca tuvo la intención de ser cantante; como suele decir, su futuro estaba en un colegio de provincias, dando clases de literatura. Pero en Londres se le cruzó la guitarra, imprescindible para sacarse unos pounds con los que sobrevivir, y apen